El Arpa de Hierba

MARIPOSA

Efecto mariposa
Hugo Esteve Díaz*

Tenía poco más de un año de haberme incorporado a este nuevo trabajo y tengo que reconocer que desde el principio, entre todo el personal la presencia de César atrajo mi atención. En parte porque él mismo llamaba la atención. Por el tono refinado de su voz, por el tipo de ropa que vestía sin ser extravagante, por su forma de caminar, pero sobre todo por las inmensas bolsas que colgaban —como anclas— de su hombro.

     Coincidió que él era el encargado de llevar los registros estadísticos que utilizaba en la mayoría de mis presentaciones, por lo cual su presencia en mi oficina se hizo cotidiana. Así que, para evitar cualquier interpretación, cuando lo mandaba llamar también llamaba a algún otro de los empleados y nos limitábamos a tratar asuntos de trabajo.

     Yo notaba que había algo en la forma en cómo me miraba, sonriendo un poco, diríase en otras circunstancias que, coqueteando, pero siempre muy respetuoso. Con el paso del tiempo ya no era necesario mandarlo llamar; por iniciativa propia me buscaba para tratar cualquier pendiente, pero hasta ahí. Lo que hay que decir es que esas idas y venidas se volvieron cada vez más frecuentes.

     Por eso, aquel día que llegué a la fiesta que organizaron en la casa de uno de mis colaboradores no pude evitar darme cuenta de su presencia. Se encontraba al fondo del patio cantando frente a un karaoke y al verme, sin dejar de cantar, me sonrió a la vez que levantaba una de sus manos para saludarme con el movimiento de sus dedos. Incómodo, no sé si le hice laguna seña con la mano o con un movimiento de cabeza.

     Como de costumbre, un par de horas después me disculpé y empecé a despedirme. Sabía que la reunión iba para largo y apenas empezaba a oscurecer. El auto lo había dejado a media cuadra y cuando estaba por subirme noté que César caminaba solo por una de las aceras con su característica bolsa al hombro.

     Encendí el auto y avancé. Al llegar a la esquina bajé el vidrio y le pregunté a dónde iba:

—Ay inge, no se moleste. Allá en la avenida tomo un taxi— Me contestó con la sonrisa de siempre.

—Yo voy para allá. Súbete— Insistí de tal forma que parecía más una orden.

     No tuvo más remedio que obedecer, o de acceder, según se vea. Reinicié la marcha doblando hacia la izquierda en dirección a esa avenida.

—¿En dónde vives? Yo te acerco— Volví a ordenar.

—Ay no inge. No se moleste, aquí en la avenida tomo un taxi, comoquiera muchas gracias— dijo apenado.

—¿Dónde vives? No es ninguna molestia— Insistí con tono imperativo, el habitual en la oficina.

     En señal de aceptación me dijo en dónde vivía y me señaló por dónde irme. Tras un breve e incómodo momento de silencio decidí iniciar cualquier conversación:

—¿Por qué no te quedaste en la fiesta? Te veías muy animado.

—¿Yooo? —me dijo— Lo que pasa es que como no traigo auto. No quise que se me hiciera de noche, y ya ve lo que se batalla para tomar un taxi a estas/

—Deja eso. La inseguridad. Ya ves cómo andan las cosas— Dije, fingiendo interés.

—Ay si inge, ¡bien peligroso! ¿Verdad? Y a cualquier hora— Contestó llevándose la mano al pecho.

     Nuevamente se hizo un silencio, hasta que volví a tomar la iniciativa:

—¿Y cómo vas con los indicadores? Tienen que estar listos para el lunes.

—El lunes los tiene listos, inge. No se preocupe— Dijo con tono solemne.

Otro incómodo silencio apenas interrumpido con las indicaciones que César me iba dando para llegar a su casa. Así, hasta que con finalmente se atrevió a cuestionar:

—¿Le puedo hacer una pregunta personal? Pero si quiere no me la conteste ¿eh?

—Dime, no te preocupes— Respondí un poco más animado al ver que retomaba la conversación.

—¿Por qué usted también se salió tan temprano de la fiesta? Si apenas iba empezando lo bueno.

Me quedé pensando la respuesta y antes de que cambiara la luz verde, le contesté sin mirarlo:

—Es que yo no soy muy de fiestas. La bailada no se me da. Yo prefiero otro tipo de reuniones.

—¿Ah sí? ¿Cómo de cuáles? — Me dijo mostrando un poco más de confianza y volteando para mirarme por primera vez desde que abordó el auto.

—Bueno, no soy afecto a las multitudes —le expliqué en un tono más relajado— Me gustan más las reuniones en donde hay poca gente, con música a un volumen moderado y en el que se pueda conversar a gusto. Lo malo es que no hay muchos lugares de/.

—Ay, yo conozco uno así. Muy bonito y elegante. Una vez fui y por lo que me dice creo que a usted le podría agradar.

—¿Ah sí? ¿Y cómo se llama? — Le dije, fingiendo interés.

     Luego de decirme el nombre y la ubicación del bar, me describió el ambiente y el decorado, que lo hacía sonar discreto y agradable. Todavía no estoy seguro por qué lo invité con el pretexto de conocer el dichoso lugar. César no pudo ocultar su sorpresa. Insistí, ya no ordené, casi le pedí de favor que me acompañara. No podía quedarme con la curiosidad, le dije.

     El lugar no estaba lejos, nos desviamos un poco y al rato ya estábamos sentados en una de las mesas del bar bebiendo nuestras copas. Pero, a decir verdad, al bar no le noté nada de especial. Salvo lo discreto y algo de buen gusto. No permanecimos mucho tiempo, quizás una hora o algo más. Lo suficiente para un par de wiskis y la copa de vino rosado que él pidió, lo necesario para romper el hielo y conversar con mayor confianza. De modo que tuvo que aceptar mi “orden” para hablarme de tu.

     A la salida del bar insistió en irse en un taxi y a lo que me rehusé rotundamente. La condición que me puso para llevarlo fue que al menos pasara a tomarme un café, y acepté. Pero en realidad no se trataba de una casa, sino de un departamento en donde vivía solo, una de las razones por las que me acepté la invitación del café.

     Un departamento sobrio, sin nada que valga la pena destacar, salvo que no tenía aire acondicionado y el ventilador de techo no alcazaba a mitigar el calor que todavía se sentía a esa hora de la noche. Se excusó un momento y fue hacia lo que supuse era su recámara. A un costado del sillón había una torre de plástico con discos compactos, pero no encontré uno sólo que se antojara escuchar. En ese momento César regresó. Se había cambiado de ropa, ahora traía puesto un pequeño short deshilvanado, lo que antes habrían sido unos viejos jeans, además de una camiseta blanca que le lucía muy ceñida.

—Ay inge, se me hace que no te va a gustar ninguno de mis discos.

     No puedo negar que su cambio de apariencia llamó de manera poderosa mi atención. Sus largas piernas se veían bien torneadas y su trasero resaltaba sin llegar a ser algo excepcional. No pude esconder mi confusión cuando percibí en su típica sonrisa que se había dado cuenta sobre la forma en cómo lo había mirado.

—Bueno, como tú no te decides, yo voy a escoger uno. A ver si te gusta— Me dijo, inclinándose de tal forma que me sentí aún más incómodo.
Cuando inició la música César empezó a moverse dirigiendo su mirada hacia mí con esa enigmática sonrisita que tanto lo distinguía. No tiene importancia mencionar el nombre de la artista ni las canciones que cantaba.

     Me preguntaba qué hacía un hombre como yo, casado y con familia, con una posición económica holgada gracias a un trabajo de considerable jerarquía, además de contar con un nivel profesional y cultural muy por encima de la gente que me rodeaba, incluidos mis colaboradores. Por lo demás, no desconocía que varias de las secretarias me encontraban atractivo y notaba cómo algunas me coqueteaban. Entonces, ¿qué hacía yo en el departamento de César? Un putito en sus treinta y tantos, no sé, pero fácil diez años menor que yo, y encima uno de mis colaboradores más cercanos. No supe la respuesta, pero lo cierto es que algo me impidió levantarme, despedirme y salir de ese lugar. Por el contrario —lo reconozco— me llegué a sentir muy a gusto y entonces, en un gesto casi involuntario, aflojé no sólo el nudo de mi corbata, sino también el cuerpo entero.

     No puedo detallar lo que pasó después. Pero recuerdo que en lugar del prometido café bebimos ron blanco y que extrañé el wiski al que estoy acostumbrado, pero de haberme importado eso no nos hubiéramos terminado la botella. Quizás por eso hay episodios que no logro recordar. Estoy consciente de que, en algún momento, y contra mi costumbre me puse de pie y empecé a bailar. Lo que no tengo muy claro es en qué momento abracé a César y cómo fue que mis manos se atrevieron a acariciar su cuerpo. Todo fue en un instante y no podría explicar si él me provocó o si yo tomé la iniciativa. Lo que sí sé es que cuando César me besó en los labios, algo me hizo rechazarlo. A pesar de ello intenté no ser rudo ni grosero, sólo lo hice a un lado.

—No te preocupes —me dijo con aquella misma sonrisa que ahora me parecía muy dulce— Lo que pasa es que aún no estás listo. Démonos más tiempo, ya llegará el momento.

     No dije nada, busqué mi saco que había quedado arrumbado en uno de los sillones y como pude me lo puse. Intenté acomodarme el nudo de la corbata y me dirigí a la puerta de salida. Abrí, pero antes de cruzar el umbral di media vuelta y quise decirle algo, pero nunca lo que realmente le dije:

—César …
—Dime, corazón— Me contestó como siempre: sonriendo.

—No se te olvide que el lunes a primera hora necesito los indicadores.

—No se preocupe inge, el lunes a primera hora los tendrá— Contestó todavía sonriendo, al mismo tiempo que fingió un absurdo saludo militar.

     El lunes siguiente, en efecto, ahí estaba el reporte. Lo revisé y como no encontré ningún error, inventé algún detalle para llamar a César. Como siempre, evité quedarnos solos, pero ni siquiera eso logró borrar de su rostro la inconfundible sonrisa con la que entró —como si nada— a mi oficina.

—A ver, César, esto está mal/

—Buenos días, ¿En dónde ingeniero?, dígame usted— Añadió, acostumbrado a los constantes cambios que solía pedir en cada una de mis presentaciones, una forma malsana de presionarlos, pero que a mí me complacía.

     De manera general les expliqué los cambios que quería, el orden de las láminas y hasta los colores de las gráficas. Pedí incorporar datos que antes no había solicitado y exigí tener lista la presentación en una hora. Apenas el tiempo justo para mi junta. Parece ocioso advertir que todo estuvo listo quince minutos antes de la hora. Una de las virtudes de César era el manejo de la computadora y que para las presentaciones se pintaba sólo; además, cuando se trataba de obtener datos siempre se las ingeniaba para encontrarlos.

     Pasaron un par semanas. Mi trato con César se limitaba sólo a asuntos de trabajo y como si quisiera que lo sucedido entre los dos aquella noche quedara en el olvido. Lo cierto es que, con cualquier pretexto, todos los días lo mandaba llamar a mi oficina. Fue un jueves cuando descubrí que en uno de los reportes que yo le había pedido, entre sus hojas había insertado una tarjeta de presentación del bar en el que habíamos estado aquella noche. En la parte posterior de la tarjeta estaba escrito a mano: “Mañana viernes. 9 PM. Atte. Mariposa”.

     Llegó el viernes, día en que todos los empleados buscaban la forma de escabullirse lo más temprano posible; pero yo, como era mi costumbre, me quedé hasta más tarde. Al revisar los pendientes no pude evitar acordarme de la tarjeta que César me había dejado. La tomé entre mis dedos y la contemplé por un largo rato, en mi cabeza rondaba la duda de acudir o no a la cita. Durante todos estos días había intentado no pensar en el asunto enfrascándome en el trabajo y supongo que la gente de la oficina me odió más que de costumbre. En mi interior se libraba una intensa pugna: una parte de mí deseaba ir a esa cita y estar a su lado; pero había otra parte que con energía rechazaba cualquier idea que supusiera una relación con él que no fuera la estrictamente laboral.

     No podía concebir la idea de sentirme atraído por un hombre, así fuera alguien como César. No era cuestión de machismo ni de discriminación. No era la primera vez que trabajaba con alguien que mostraba una marcada tendencia homosexual y eso nunca me había importado, me limitaba en estricto a lo laboral.

     Estaba convencido, —¡sin lugar a duda! — que los hombres no me atraían. Por el contrario, sentía una atracción irresistible por las mujeres, en especial por las de buen trasero y con grandes pechos: Jovencitas o maduras, güeras o morenas, altas o bajas, delgadas o carnosas, siempre que tuvieran sus buenas formas. Pero jamás había sentido atracción alguna por ningún hombre. De otro modo lo tendría que reconocer conmigo mismo. Sin embargo, con César era distinto. Porque no era como la mayoría de los homosexuales que había conocido antes. No se trataba del jotito frívolo, ni de la “loca” exhibicionista, mucho menos del gay victimizado. Él llevaba su homosexualidad con dignidad y se diría que hasta con distinción.

     En el último momento decidí presentarme a la cita con la firme determinación de ponerle fin a este asunto. Le haría ver que yo no era igual que él, que lo que había pasado entre nosotros había sido un desvarío producto del alcohol y que por tanto entre nosotros no cabía ningún tipo de relación que no fuera en estricto la de carácter laboral. No sabía cómo lo iba tomar, tal vez se sentiría herido, molesto o me rogaría que no lo rechazara, tal vez hasta lloraría y quizás renunciaría. No lo sabía y no me importaba, tenía razones suficientes para poner distancia entre los dos y no encontraba la más mínima posibilidad de que yo pudiera ceder en lo contrario.

     Diez minutos antes de las nueve de la noche me encontraba sentado en la misma mesa del bar en la que habíamos estado la ocasión anterior. La entrevista tendría que ser breve: le diría lo que tenía bien decidido y me despediría. Pedí, por ello, sólo un café.
Acababan de dar las nueve y César no llegaba. Y con lo que a mí me fastidia la impuntualidad.
En eso pude notar —ni modo de no hacerlo— la entrada al bar de una joven mujer que me pareció muy atractiva. Portaba un vestido guinda oscuro que parecía cruzado, amplio y algo más arriba de la rodilla, lo que no evitaba apreciar un par de piernas muy bien torneadas, a pesar de las delicadas medias negras que las cubrían. Su cabello era de un oscuro rojizo que inevitablemente combinaba con su vestido. En su rostro se adivinaban facciones muy finas detrás de las inmensas gafas oscuras que cubrían sus ojos. Pero lo que en verdad me atrajo fue el aroma de su perfume —tan evocador y sugestivo— como si adivinara que ése era mi favorito.

     Tomó asiento a una distancia no muy separada de la mía, pero no puede escuchar lo que le ordenó al mesero. Un instante después aquel regresó y depositó sobre su mesa una copa de vino rosado. Por mi parte, hacía esfuerzos inútiles para dejar de observarla y temí que se sintiera incómoda o hasta acosada. Pero para ella yo no existía. Sacó un espejo y sin quitarse las gafas se retocó los labios con un rojo carmesí que resaltaba sobre la blancura de su piel.

     Cuando me di cuenta ya era media hora después de las nueve y César no aparecía. Sentí rabia, pero me consoló la presencia de aquella mujer tan atractiva evitando que —como en otras circunstancias— me hubiera largado del lugar.

     En algún momento cruzó mi por mente la idea de acercarme y hablarle a aquella enigmática mujer, pero me contuve ante la certeza de que alguien como ella no era posible que pudiera llegar sola y odié a quien cometía la canallada de hacerla esperar durante todo ese tiempo.

     A pesar de la fascinación del momento no podía esperar más tiempo a César, ya iba en el segundo café y estaba muy molesto, así que luego de ver la hora decidí que ya había esperado suficiente. Me puse de pie y saqué de mi cartera un billete con el que cubrí la cuenta. Cuál sería mi sorpresa que en ese preciso momento aquella hermosa mujer por fin se dignó a dirigirme una mirada. Con un movimiento muy lento se retiró las enormes gafas, permitiéndome contemplar por primera vez su rostro, en el que descubrí aquella sonrisa que por tanto tiempo me había cautivado.

     Sin pensarlo caminé hacia su mesa tropezando con una silla que de manera mecánica hice a un lado, hasta quedar frente a ella, que permanecía sentada con su ineluctable sonrisa.

—¿Eres tú? — Le dije con una expresión que me pareció muy estúpida.

—Sí, soy yo. ¿Quieres acompañarme?

     Con el mismo movimiento mecánico jalé una silla y me senté a su lado.

     No dije nada, solo la contemplé. Sus ojos brillantes resaltaban detrás de unas hermosas pestañas y sus párpados relucían elegantes entre unas sombras, como lienzos color fucsia. El aroma de su perfume —ese que tanto me seducía— me envolvió en una nube de fascinación inexplicable, semejante a una alucinación o a una quimera. Sin dejar de sonreírme estiró su mano y tomó la mía.

—¿Ya estás listo? — Me dijo, al mismo tiempo que apretó mi mano.

Yo no contesté, sólo afirmé con un categórico movimiento de cabeza, y también apreté la suya.

—Si todavía tienes ganas de otro café, te invito uno en mi departamento.

     Me puse de pie y pagué la cuenta. La tomé del brazo con delicadeza y salimos ante la admiración de quienes nos miraban. Antes de partir ella cogió un gran bolso que no había notado antes y se lo echó al hombro, como si elevara anclas.


*Es escritor y analista político, autor de Las corrientes sindicales en México (1990); Los movimientos sociales urbanos. Un reto para la modernización (1992); El sector social de la economía (1994); Las armas de la utopía. Tercera ola de los movimientos guerrilleros en México (1996) y Amargo lugar sin nombre. Crónica del movimiento armado socialista en México (1960-1990) (2013). Ha sido articulista en varios periódicos y revistas, así como catedrático y expositor en diversas instituciones. Actualmente coordina la preparación de la Antología de los cuentos de la guerrilla, además de escribir su primera novela: Los años de plomo, de próxima publicación. Es administrador de la página Festín de las balas, espacio dedicado al movimiento armado socialista en México (http://www.festindelasbalas.com/). Contacto en Facebook: https://www.facebook.com/festin.delasbalas. Correo electrónico: hugo.esteve08@gmail.com