MOTEL

Entre las Sombras
Víctor Manuel Amaro García

El jueves 28 de octubre de 2025 era una noche lluviosa. El sonido de los autos avanzaba velozmente por el pavimento mojado. A la orilla de la carretera se encontraba un pequeño motel, su letrero de luz neón titilaba con luz roja avisando que ya no tenía espacio, aunque desde lejos parecía vacío. No se veía ningún carro estacionado ni luces encendidas en las habitaciones. Me acerqué a la recepción con paso sigiloso entre los contenedores de basura y alcanzo a percibir una silueta que atraviesa el pasillo; dirijo mi mirada hacia los contenedores, quizá sea lo que vine a buscar, pero no, simplemente era un roedor, en busca de comida, sigo mi camino y lentamente empujo la puerta de la recepción. La madera crujía alertando de mi llegada. Como era de esperar, ni un alma me recibió, busco el libro de registros y me percato que las cuatro habitaciones efectivamente estaban ocupadas desde una noche antes. En una de ellas se encontraba un padre con sus dos hijas, creía acercarme a mi objetivo: estaba a un paso de encontrarla.

     Al final del pasillo se veía una luz proveniente de un televisor, con su clásico hormigueo; era el cuarto de cámaras. Continúe merodeando, en mi cabeza una voz me decía que era imposible encontrar mi objetivo. Yo sabía que si no lo hacía mi esfuerzo habría sido en vano. Habían pasado muchas horas desde la última vez que la vi, no era posible que fuera muy lejos, no tenía a donde ir, una pequeña niña no podría adentrarse en el bosque sola.

     Los teléfonos del lugar no tenían servicio, de la cocina se escucha un fuerte estruendo y apresuro el paso hacia allá, siempre mantenido el sigilo en mis movimientos. Al entrar veo una cocina vieja y sucia, y una olla tirada en el suelo. ¿Quién podría alojarse en ese horrible lugar? Percibí un aroma desagradable proveniente de la tarja, al caminar hacia ella, noté el suelo pegajoso, un líquido viscoso me rodeaba. El hedor se incrementaba a cada paso que daba. No podía contener un segundo más el asco, pero tenía que saber de dónde provenía ese olor fétido. Al mirar me llevé un gran susto, pero suspiré aliviado: Es una cabeza de venado putrefacta, seguramente la cena de la noche anterior.

     Todo parecía normal, hasta que me di cuenta que en el mango de la pequeña hachuela, con la que parecía habían degollado al animal, vi una pequeña pulsera de cuentas cubierta de sangre. Cuatro de sus cuentas tenían una letra, formando un nombre, “Lucy”. Un fuerte escalofrió recorrió mí cuerpo desde la punta de mis dedos al abdomen, creando un vacío en mi estómago.

     ¿Había llegado demasiado tarde? ¿Qué demonios hice mal? ¿Por qué estaba ahí? ¿Acaso se me escapo algo que no fuese capaz de ver? Mi mente comenzó a llenarse de dudas, pero no había tiempo para retroceder, solo me quedaba entrar al bosque y continuar la búsqueda. Sin trastabillar, emprendí mi camino. Tomé una de las viejas lámparas de aceite de la vieja señora Abigail y el libro de registro, de algo me serviría en el futuro. Me adentré entre la maleza; no tardé mucho en encontrar un rastro, que a pesar de la lluvia hacia visible una mano marcada con sangre en la corteza de los árboles.

No muy lejos de ahí, entre las arboledas, estaba el tráiler de Gil, esposo de la señora Abigail. Si no mal recordaba ellos dormían en ese viejo tráiler desde hace veinte años; les molestaba el ruido incesante de la carretera, a su edad sólo buscaban algo de paz. Quién diría que al final no fue así. A unos metros del lago estaba aparcado el tráiler.

     Entre la maleza yacía el cuerpo de Gil. ¡Qué ironía! Su rostro reflejaba una paz sin igual. A pesar de cómo sucedieron las cosas, su cadáver era una señal de que yo iba por buen camino. De mi lado derecho, a no muchos metros, escuché un llanto desgarrador. Era la infante, en ese
momento me di cuenta que no todo estaba perdido. Aún no era momento de actuar, todo parecía indicar que en ese bosque no estábamos solos, y que yo no era el único que buscaba a la niña.

     Mis movimientos tenían que ser audaces y cuidadosos. Caminé en esa dirección, mis sentidos se agudizaban y mi corazón latía con intensidad. Me costaba mantener la respiración serena. El sonido de las gotas chocando contra las hojas de los árboles amortiguaba mis pasos y lo espeso de la lluvia dificultaban mi visión. Aquello era una carrera contra reloj.

     Solo podía pensar una cosa: “¿Cómo diablos llegué allí?” La mañana del 27 de octubre salí de mi casa como era costumbre, a las 5 y 6 de la mañana, sin hacer ruido para no despertar a mi esposa, aunque esa vez ella ya me esperaba bajo las escaleras. Me ayudó a ponerme la gabardina negra y ya tenía listo mi sombrero y mi portafolio. Al despedirse sentí el beso cariñoso en la mejilla, clásico de una despedida larga.

     A las afueras del pueblo hay una pequeña caseta de vigilancia en la que realizamos una inspección rutinaria para evitar problemas en el pueblo. Estoy seguro que el responsable de ese crimen atroz estuvo frente a mí.

     Todo el día avancé, como de costumbre. La gente pasaba, yo inspeccionaba los autos y sus portaequipajes. Algo se me escapó, pero no logro saber que fue, hay tantos huecos en los hechos.

     El joven y la chica ¡imposible! sus cuerpos están tirados en la habitación número dos. Lástima, eran una linda pareja. Y la pobre mujer de la habitación tres, ¿quién es capaz de hacer algo tan perturbador? El cuerpo irreconocible de la habitación número uno debió ser el fotog…
¡Ay, maldita piedra! La lluvia se hace más densa.

     Falta poco para llegar al lugar donde se escucha el llanto. Aun no logro saber quién es responsable del crimen. No hay autos, los cuerpos corresponden a los nombres apuntados en el libro de registro. Debo apagar esta lámpara, no quiero llamar la atención. Camino a obscuras unos metros y se escucha una voz grave. No alcanzo a descifrar el origen de la voz, sólo entiendo unas cuantas palabras: “Lucy ya vine por ti”. Permanezco quieto y en silencio esperando oírlo de nuevo, pero ya no se escucha nada y sigo caminando entre la noche, sólo la luna me ayudaba a ver.

     Esa voz me parecía muy familiar. ¿Y si después de todo el asesino ha vivido en el pueblo todo este tiempo?
Debo concentrarme ahora. Tengo un presentimiento, creo que lograre salvar a la niña. Son las 2:45, ya es 29 de octubre, han pasado cuatro horas desde que llegué al lugar de los hechos.

     Ese hombre es valiente, después de todo logró darme aviso de lo que sucedía, lo menos que puedo hacer es salvar a su pequeña hija. El cansancio se hace notar, los músculos de mis piernas no quieren seguir, pero no puedo detenerme, ahora no, Me apoyo de la rama de un árbol para poder dar el siguiente paso, esta no resiste y caigo resbalando por el lodo de un desnivel. Entre la lluvia siento una respiración detrás de mí, se forma una pequeña sonrisa en la comisura de mis labios. Mi agitación se desvanece, empecé a sentir un gran alivio. Era ella.

     Se encontraba aterrorizada y no podía decir una sola palabra. Sin dar oportunidad a levantarme se me arrojó y envolvió mi cuello con sus brazos. Comprendí que tenía que sacarla de ahí.

     Me puse de pie y comencé a correr olvidando el cansancio y la obscuridad de la noche. No tardé mucho en llegar al tráiler del viejo Gil, evitando el lugar de la masacre. Solo pude llevar a la niña hasta la carretera, en ese momento me sentía tranquilo, seguro, sentía que todo había terminado.
“Lucy ¿estás bien?”, dije. Ella asintió con la cabeza. Justo en ese momento a lo lejos un carro se acercaba en dirección al pueblo. Era una adolecente que se dirigía al poblado siguiente. Le pedí que llevara a la niña a la estación de policía y diera aviso de lo sucedido aquí.

     Esperé a que el auto se perdiera en la lluvia y volví al motel. Desenfundé mi arma y caminé lentamente. Sentía que me observaban desde las sombras. Velozmente atravesó una silueta sumergiéndose entre los árboles de nuevo. Accioné mi arma, parece que he herido a la sombra. Comienza la persecución. Ahora la presa es él.

     Termino acorralándolo en el lago, aun sin ver su rostro. Estaba claro que todo había terminado, emitió una risa burlona y comenzó un discurso que parecía muy elaborado. “Te conozco. Y tú a mí, desde hace años”. Las palabras salieron de su boca y un relámpago cortó toda sombra entre él y yo, rebelando su rostro. Mi semblante cambió, comencé a atar cabos. De pronto mi cuerpo siente un frío intenso y las piernas dejan de sostenerme, mi arma cae al suelo y al tocarme el pecho mi mano se tiñe de un rojo brillante.
Me di cuenta que él no estaba solo.

11/octubre/2018