DIEGOMPC

ES QUE LES HICIMOS MUCHOS MUERTOS
Hugo Esteve Díaz

PARA ENTONCES éramos casi los únicos que andábamos allá arriba, de alzados. No pasábamos de una docena, pero poco después se nos juntó alguna gente: cuatro indios guarijíos de Mesa Colorada que reclutó Melchor. Altos, corriosos y requemados por el sol y por el frío. Siempre serios y callados, de andar rápido. Muy hábiles con el mosquetón que les cruzaba por la espalda, como si fuera otro espinazo. A los guarijíos Melchor les encargó ir a la vanguardia y cuidar la ladera de la loma. Una pendiente de roca caliza que quema de día y congela de noche. La única vía de acceso viniendo desde Chinahuiro, a no ser que se bordeara el río Mayo.

     Todavía recuerdo los días que pasamos en la sierra, rompiendo monte, avanzando sin hacer ruido y lamentando más el peso de los párpados que el de nuestras mochilas, a sabiendas que la tropa del gobierno nos venía siguiendo. Recuerdo a Melchor con aquel gabán roído, cuidando que ninguno se rezagara. Y eso que la reuma a veces lo atacaba como bestia despiadada:

     —¡Eh tú, Gildardo, no aflojes el paso! … ¡Y usted, mi Juancho, no se me adelante, que no son carreas!

     Melchor nos miraba y al mismo tiempo nos cuidaba. Avanzábamos a mitad de la noche, con la mirada ciega y los pensamientos idos; pero él, siempre alerta nos hablaba para que no nos agüitáramos. Se sentía la tensión de su mirada, de aquellos ojos bien abiertos que no dormían y que estaban impuestos a mirar de noche. Nos contaba uno por uno, como quien cuenta borreguitos cuando no puede dormir. Escuchábamos su respiración, silbante y con ritmo, así acordábamos que iba al lado nuestro. Conocíamos sus pisadas, siempre firmes y seguras, nunca aflojaba el paso. A no ser que le dieran las reumas. Por eso, sin quejarnos del cansancio, del hambre o de nuestras querencias, lo seguíamos a ciegas. Sin reprocharle nada.

     Y es que todo se jodió a luego de la emboscada que le tendimos a los guachos en el arroyo de Los Mezcales cerca de Chorijoa. De no haberlos emboscado es posible que Melchor todavía siguiera vivo, que los guarijíos no estuvieran muertos y que nuestra columna no anduviera regada por la sierra. Pero a Melchor le mordió la desesperación y el aislamiento. Por eso emboscamos a los guachos en Los Mezcales, nada más para que la dirección —los de allá abajo— se diera cuenta de que todavía andábamos acá arriba, alzados en armas.

     Me acuerdo con mucha rabia cómo desde el monte, a lo lejos, se divisaba aquella refulgencia. Tres o cuatro luces brillando como veladoras en la oscuridad de la noche, que no eran otra cosa que los ranchos incendiados por el ejército. Venían arrasando los pueblos, cerrándonos el cerco. Me acuerdo de esas refulgencias y del olor a cactus quemado. De eso me acuerdo, porque a partir de entonces se jodió todito.

     Nunca supimos en la que nos fuimos a meter. Melquiades —uno de los feroces de Guadalajara— dijo que había sido como pegarle al avispero. Y es que después de la emboscada ya no fue como antes. No era lo mismo enfrentarnos a los rurales o a los guardias de los hacendados. Ya de antes nos habíamos tiroteado con los guachos, pero así nomás de lejecitos, como no queriendo, respetándonos. Por eso a luego se hicieron los chismes en la dirección, de que no hostigábamos al enemigo y que queríamos andar por nuestra cuenta. Pero la verdad es que nos tenían abandonados y, para como andaban las cosas, ya no sabíamos quién mandaba en la organización.

     Nuestro único contacto con la Orga había sido Nabor que andaba por Quiriego alzado con su gente, pero ya hacía tiempo que no sabíamos nada de él, ni de su grupo. Ni de lo que quedaba de nuestro Cuadrilátero.

     Comoquiera, agarrar a los guachos aquella madrugada, bañándose y en pleno rancho, el ejército nos lo tomó muy a mala y esa ya no nos la iban a perdonar.

     Es que les hicimos muchos muertos…

     Ese mismo día llegó a los Álamos tropa mejor preparada. Llegaron en camiones desde Navojoa y otros más en helicóteros. Traían bazucas, morteros, rifles más poderosos y hartas ganas de fregarnos.

La madrugada bañaba de humedad el monte con el sereno. Fue a esa hora en la que uno no sabe si ya amaneció o todavía es de noche. Nos apostamos en tres puntos separados a unos diez metros de distancia el uno del otro —formando un triángulo— en una línea de fuego que dejaba el río a espaldas del pelotón y con la ventaja para nosotros de poder dispararles desde el monte. Se oían voces y bostezos, algunos hasta cantaban bien contentos. Se veían confiados, más bien cándidos, por carecer de guardia. No eran más de treinta guachos y todavía no levantaba el alba.

     Cuando menos lo acordaron ya les estábamos tirano y tumbando a varios de ellos. Apenas unos cuantos tuvieron tiempo de responder el fuego. Otros, espantados, intentaron cruzar el río quedando mejor a nuestra mira. Los pocos que lograron cruzar el río fueron los que se salvaron porque ya no los correteamos. Quedaron unos cinco heridos, pero a dos los rematamos, no por maldad sino porque se miraba que ya no tenían remedio. Uno de ellos era el teniente, güero, muy jovencito. Se veía muy mal, con trabajos respiraba, pero ya no respondía. Nos llevamos las armas, muchos tiros, algunas botas, las vituallas que pudimos y la victoria del combate.

     Al otro día pasaron dos aviones muy rasantes sobre las copas de los pinos y los helicóteros empezaron a regar tropa por distintos lugares de la sierra. Ni en contra de los mariguaneros se habían visto antes tanto guacho, ni tan bien preparados. Los pudimos distinguir por la gorrita roja que llevaban. Ya de ahí anduvimos a salto de mata. Con los soldados cerrando el cerco tratando de darnos alcance, quemando los ranchos y apresando harta gente para dejarnos sin ningún apoyo. A partir de entonces ya no hubo oportunidad para descansar, para comer ni mucho menos para dormir un poco. Nos arrebataron las horas, los días y cada palmo de la sierra. En la huida perdimos muchas latas de comida y como nos acorralaron para forzarnos a bajar al río, tuvimos que romper el monte sin una gota de agua. A no ser del sudor que, al secarse con la tierra, se nos pegaba a la piel como si fueran costras.

     Melchor quería avanzar hacia Quiriego para buscar la columna de Nabor, pero ya no fuimos porque nos quedaba rete lejos, y para eso teníamos que cruzar el Mayo. Dos días después nos enteramos de que toda esa zona la habían bombardeado. Luego hicieron lo mismo con nosotros, costándole la vida a los cuatro guarijíos, que iban de vanguardia.

     Entonces retornamos hacia el sur, rumbo a Burapaco, pero en el bombardeo se nos perdieron tres compas y sabe pa dónde ganaron. Tiempo después —ya en la cárcel— me enteré de que, cansados y sedientos buscaron el río. Ahí los venadearon.

     Faldeamos las cumbres de El Papachal y trepamos por los montes hacia lo más alto, más allá de Los Pilares. Avanzábamos de noche para evitar que los helicóteros nos miraran desde arriba y de día nos la pasamos escondidos, sin poder movernos. Melchor no quiso que fuéramos a San Bernardo. En el pueblo yo tenía gente conocida y nos podían sacar a escondidas en las trocas madereras, pero a él se le hizo muy riesgoso. Lo malo fue que esa noche apenas en llegando a los riscos vimos en el cielo un par de bengalas. Y sin más, nos llovió tupido la ametrallada.

     Ahí fue en donde yo vi a Melchor caer. Ni que me lo hubieran platicado. Las balas zumbaban veloces, arrancado grandes astillas a los árboles, haciendo añicos de las rocas y clavándose en el cuerpo de los compas, como si supieran en dónde atinarle. Ya no hubo más bengalas, pero el perjuicio estaba hecho. Corrimos los que pudimos para donde Dios nos dio a entender. En la aluzada alcancé a ver a Melchor recostado sobre un peñasco, envuelto en ese ridículo gabán que ahora parecía bufanda. Tenía los ojos abiertos, como en alerta, pero ya no se movía. Parecía como si, aunque muerto, todavía nos vigilara.

     En la ametrallada los sobrevivientes quedamos muy regados. Yo gané para San Bernardo, como lo había propuesto y en la huida perdí mi rifle. Iba solo, casi a rastras, pero ya no podía esperar a nadie. De un momento a otro los guachos iban a rastrear la zona y quedarse hubiera sido mucho peor.

     Al otro día llegué a San Bernardo. El jacalón de Ruperto estaba vacío y resolví esperarlo hasta que regresara de la labor. A media tarde me despertaron los rugidos de los tortons y a escondidas esperé hasta que entró.

     —¡¿Qué anda haciendo ai?! — me grito, sorprendido, con el machete por lo alto.

     — Ruperto, soy Gildardo…— Le dije, tratando de calmarlo.

     —¿Qué haces ai, carajo? — Me preguntó, bajando la voz, y el machete.

     —Andaba con los alzados, pero creo que ya nomás quedo yo.

     Me enteró que el ejército tenía copada toda la sierra, desde Los Álamos, El Quiriego y Chínipas, hasta Navojoa. Que le estaban pagando a la gente para que los guiara por el monte. Me dijo que en los pueblos habían hecho muchos males, que les quemaron sus sembradíos y hasta sus casas.

     Aquellas refulgencias que mirábamos desde arriba. Y lo peor de todo —me dijo— es que un comandante andaba diciéndole a la gente que la culpa era de los alzados y que la gente se los creía. También me dijo que a un grupo de los nuestros la misma gente del pueblo los había entregado a los soldados, después de haberlos encerrado en un silo con engaños.

     Entonces se me ocurrió la idea de ir en secreto con la gente a explicarles que nosotros no éramos malos, que si andábamos de alzados era porque estábamos hartos de la pobreza y de tanta injusticia. Pero Ruperto me dijo que no me escucharían, que además era muy peligroso y que la gente me haría lo mismo que con mis compañeros.

    —La gente de los pueblos se ha vuelto recelosa y por miedo los entregan— Me dijo.

     Ya ni los indios de Mesa Colorada, que antes nos apoyaban, querían saber de nosotros: “No queremos mirarlos por acá, pero si vienen los entregamos”, habían mandado decir, en seguida de enterarse de la muerte de los cuatro guarijíos.

     Ya no hubo de otra. Ruperto accedió a sacarme al otro día escondido en una troca. Lo más seguro era irse para Chinahuiro, al norte, en donde casi no había tropa. Pero para cuando acordé un retén del ejército nos había detenido en La Higuera, al lado contrario de donde le había pedido a Ruperto que me sacara. A luego que los guachos me encontraron miré a Ruperto y en su cara adiviné que lo había hecho adrede.

     —¿Por qué lo hiciste, Ruperto? Si somos cuñados/

     No había acabado de preguntar cuando la culata de un rifle se estrelló en mi cara, tumbándome al piso. El silbido punzante que calaba mis oídos no impidió que escuchara unas risas burlonas, hasta que se fueron desvaneciendo, como el eco. La sangre se me agolpaba en la garganta dejando en mi boca —y en mi corazón — un sabor muy amargo.

     Con Melchor yo anduve en la sierra casi tres años. Unos buenos y otros malos. Dicen que cuando lo agarraron todavía estaba vivo, que no estaba muerto, como yo había creído. Que se lo llevaron en helicótero a Navojoa y de ahí hasta Obregón. Que allá lo curaron y que cuando estuvo sano fue dar a la capital del país.

     Lo raro es que casi un año después un compa que estaba conmigo en la cárcel me llegó con una noticia de que me dejó muy enredado:

     —Compa, ¿ya se enteró del jale de ayer?

     —¿Cuál de todos? —Pregunté casi burlándome.

     —¿Cómo que cuál? La expropiación bancaria en la colonia Roma —Me dijo el compa— Dicen que ahí cayó muerto un jefe de la Orga, ¿y pues quién creé usted que era ese valedor?

     —¿Quién? — Le dije incrédulo.

     —¡Melchor, mi compa! El Melchor, su mero jefe. Ahí esta la nota en el priódico.

     —No puede ser —le dije— Yo mismo lo vi caer ametrallado. No se me olvida porque en aquellos días nació el menor de mis plebes.

     El periódico traía la noticia de un enfrentamiento entre la policía y unos delincuentes durante un frustrando asalto bancario en las calles de Baja California y Monterrey. En la refriega —decía la nota— había muerto uno de los guerrilleros más buscados de la organización, al que apodaban Melchor. Cosa extraña, pensé, porque él mismo me había contado alguna vez que fue en esa mera esquina en donde llevó a cabo la primera expropiación el núcleo guerrillero que por entonces él dirigía.

     No faltó quien dijo que se había topado con Melchor en el Número Uno. Que allá los guachos lo torturaron hasta que se cansaron. Que estuvo mucho tiempo desaparecido y que cuando ya no les fue útil inventaron lo del asalto para calmar a las doñas que exigían, como la de otros, su presentación con vida.

     Por eso, y por muchas otras razones, es que le agarré tanta rabia al ejército.

     Tuve mucha suerte, comparado con otros compas. Salí luego de una amnistía a mediados de 1979. En el pueblo había dejado a mi mujer y a mis tres plebes por andar de alzado. Total, que preso en Lecumberri y tan lejos del rancho, había visto a mi mujer cuando mucho unas dos veces por año. Cuando llegué a Chinahuiro me sentí extraño, aunque nada había cambiado. Ahí estaba mi mujer en medio de tres muchachos.

     —Estos son tus plebes, Gildardo— Y después les dijo: —Quítense el sombrero para que su papa los mire.

     No dije nada, no supe cómo tratarlos, sólo me les quedé mirando. Me reconocí en el mayorcito. Un muchacho flaco, espaldón y con algo de malicia en la mirada.

     —Se parece mucho a ti —dijo mi mujer sonriendo maliciosa—. A él también le dicen Gil. Sólo que éste no anda de alzado, éste sí es bueno.

     —No, pus ta güeno —Dije, y buscando su mirada le pregunté: — Y usté, ¿en qué se ocupa?

     —Pus como aquí no hay trabajo —dijo mi mujer muy oronda— se acaba de apuntar en el ejército. Mañana se presenta.
Yo nomás ya no dije nada.

Junio, 2019