El Arpa de Hierba

CasaAH

ESTA CASA TIENE VIDA
Melanie Gómez*

                                                                                                            y nadie me lo cree. A mí, que tantas veces me he encontrado solo en sus espacios. Quizá sea tímida, pero yo más bien creo que se guarda para mí sus tormentos.

     En un principio pensé en ladrones. Alguien más que habrá entrado en la casa. Uno, dos, quizá tres… En todo caso me atarán a los pies de la cama y se lo llevarán todo, y si quisieran incluso también a mí y yo nunca volvería a ver a la vieja, eterna de aflicción con el rosario descolorido entre los huesudos dedos de sus manos (ya frías, ya inertes).

     Rasgueos. Repiqueteos. El ruido sórdido de unos pies que se pasean por el pasillo. Quejidos de la madera… ¡Siento que se me cae el corazón hasta los pies!

     Shh… Ya me habrán escuchado y estarán pensando qué hacer conmigo.

     Nunca enciendo el televisor porque eso solamente parece avivar el reclamo de sonidos fúnebres y aterradores. Corro a mi habitación y cierro la puerta con llave. Pienso en las posibilidades (o imposibilidades) de que alguien se haya colado en la casa. La puerta principal está cerrada, con el pestillo puesto, abrir las ventanas sería imposible y ni se diga sortear la escalada hasta la azotea (el descenso).
     Shhh… Agudizo el oído para tratar de identificar los sonidos.

     Armarse de valor no cualquiera. Detenerse en el umbral de la habitación… Hago una pausa y me aseguro de no escuchar algún sonido estridente. El silencio repentino es tal que me paraliza los dedos y me revuelve el estómago como si el cuerpo de una solitaria se paseara incesante, a punto de saltar fuera de mis tejidos. Abro la puerta girando la perilla con un movimiento par-si-mo-nio-so que prolonga el quiebre del aire con un rechinido que vibra hasta hacer llorar las paredes que se pintan en un blanco grotesco.

     ¡Y dar el primer paso! ¡Madre mía!

     El eco de mi propio recorrer me atormenta, pareciera que la cacofonía del ambiente se burlara de mí.

     Esto que cuento pasa siempre, y siempre emprendo ¿valeroso? la excursión por los pasillos sin tener una idea exacta de lo que se me viene encima, sin controlar el movimiento en el que mis pies se tambaleaban como sin vida, ignorantes de toda consciencia.

     El murmullo parece venir acompañado de un pequeño temblor de las baldosas que se ciernen bajo la cama, me embullen en un leve movimiento que termina figurando el vértigo de un mareo incontenible.

     Shhh… Intento comprender de donde provienen los chasquidos

     El piso principal, la cocina, un laberinto de recámaras… pero nunca hay alguien o algo. Estoy solo y a veces quisiera que no fuera así. Un hombre armado o la silueta de una figura humana volando a metros de suelo con agonías de espanto me serían más reconfortantes.

     El quejido de las cañerías comienza a encender la habitación en una atmosfera fantasmal. Nadie hay aquí que pueda haberlas activado. Fluye el gorgoteo del agua como el eco de rezos de almas en pena prendadas del cemento. Muchas veces no temo tanto a estos ruidos como a los que niegan ser escuchados en el momento pero cuya aparición presiento y me eriza la piel, me hace desvanecer el cuerpo entero cuando por las noches es imposible conciliar el sueño. Y pensar que mientras mis parpados permanezcan cerrados y yo habite lejos, en un mundo que me gustaría afirmar que existe, todo cuanto me rodea sucumbirá, se derrumbara. Sólo entonces despertaré y me veré obligado a vivir entre ruinas, a la espera de un ensueño que jamás regresara al haberme quitado ya la precaria ilusión por encima del infierno.

     Mirada desorbitada. Ojos que se pierden en las figuras que la pintura raída ofrece sobre el techo (círculos, espirales, constelaciones enteras… abismos).

     Nadie es capaz de atender a los muebles que se debaten como cierras por los suelos, en madrugadas que asfixian con en un limbo entre la oscuridad y la muerte momentánea. A nadie parece importarle la ventana que se corre aun sin la presencia del viento, porque pocos parecen despertar a altas horas de la noche, en cita siempre acordada por las manecillas del reloj. Cuando la soledad humana es compartida con los bichitos que repiquetean en el espacio con su incesante caminar sobre las maderas carcomidas.
     Estoy solo.

     El murmullo lejano de la vida es ahora diferente al del día, pero permanece sobrio, triste y ominoso. Como si una ventisca inmortal y perenne se paseara caprichosa por las calles. Entonces escucho el pitido de un tren. Sé que está lejos, y cuál no será la muerte y el silencio para que pueda yo escuchar sus reclamos que no hacen más que entristecerme queriendo encontrarme lejos, comprendiendo el crujir de las láminas del vagón.
Shh… Un pitido, dos, tres…

     En la segunda ocasión, e incluso en el resto, el pitido alega en el espacio imprimiendo la misma potencia que en un principio. Viaja, llama, escruta y tienta. Como si se tratase de un viaje perpetuo, de un viaje en el tiempo constante donde la máquina retornase a las vías una y otra vez. Como si fuese un sonido más de la noche; un lamento lejano que reclama la nítida presencia del alba. La luz del astro que me permita disipar la presencia de mis fantasmas, esconderlos. Nadie los conoce.

     Algunas veces se cree poder evadir la penumbra, pero mi propia condición parece recordarme que para todos es posible una misma verdad; un momento de sonidos e incertidumbres, una habitación en soledad y la tortura de perpetuar uno mismo el rasgueo, los chasquidos y el repiqueteo; de ser en la baldosa, la pared, la pintura y el viento; de no poder existir más allá de los espantos de la casona.

     ¡Silencio!

     Estoy perdido.

     El tiempo pareciera haber detenido su transito a expensas de los movimientos molestos del reloj. Las paredes comienzan a juntarse retando a mi cuerpo, mientras crujen como el tronco de una palmera en mitad de una isla desolada.

     ¿Lo escuchas?

     Shhhhh… Blanco pulcro.

     Los poros de la piel supuran un sudor frio y temeroso, la habitación se impregna de un aire denso y caliente, mismo que desprende su risa en una violenta ráfaga que azota contra toda verdad a su paso.

     La vida se torna oscura.

     Shhh… El murmullo es ahora cada sílaba de mi nombre.

     Atento, presencio el ir y venir de cada tormento, el divagar de pequeñas sombras que se pasean a mi alrededor… Se acercan a tal punto de querer alcanzarme.

     ¡No hay espacio! ¡No hay escape!

     ¡Oscuridad!

     Un negro profundo que me traga como un pozo. Me engulle y me destroza fuera de mi cuerpo (mentira efímera y nefasta).
     Silencio.
     Sombras.
     Tacto.
     Ensueño.
     Re-tor-no.
     Infierno.
     Soledad.
     E-ter-no.
     Shhhh… Un pitido, dos, tres…
     Silencio.


*Guadalajara, Jalisco, 1998. Estudiante de Periodismo y Comunicación Pública en el ITESO. E-mail: melangc198@gmail.com