CUCAMPC

LA INQUIETANTE COMPAÑÍA
Myriam Muñoz Maldonado

Te tiene más miedo ella a ti que tú a ella -decía mi padre.

     Yo me refugiaba varios metros atrás, observando temerosamente mientras él controlaba la situación.

     Desde otro cuarto pregunta una voz somnolienta:

     -¿Qué pasa?

     -¡Nada! Que a tu hija se la va a comer una cucaracha, duérmete -responde papá.

     Veinte años después, me encuentro en el pasillo del baño, completamente paralizada luego del primer sobresalto que, de un brinco me hizo llegar hasta acá por el susto; mi padre no puede ayudarme, está a muchos kilómetros de aquí, además ya tengo más de 30 años, así que debo ser yo quien tome el control esta vez.

     Mientras me esfuerzo por dar paso, recuerdo las burlas de mis hermanos y la imagen del maldoso vecinito que entre risas acercaba uno de estos bichos a mi cara, mientras otro me sostenía con fuerza, ambos muy divertidos ante mi cara llena de pánico.

     En un intento por darme valor, ya han pasado cerca de 20 minutos y sólo me he podido acercar dos pasos; la causa de mi terror, ni siquiera está a mi vista en ese momento y trato de repasar las frases del psicólogo: que es un objeto simbólico, que son conflictos internos no resueltos, que es una angustia desplazada, que no hay peligro real. Ojalá eso me pudiera servir de algo en este momento que me siento tan vulnerable ante este ser de poco menos de tres centímetros, que me mantiene dominada y con la necesidad imperante de huir.

     En cuanto a momentos humillantes ni qué decir, hay tantos como cucarachas mismas. Por ejemplo cuando clausuro mi propio cuarto de dormir, sala o donde esté el bicho, no solo cierro la puerta, la sello con cinta hasta que encuentra a alguien lo suficientemente valiente para ayudarme o la vez que abandoné el auto frente a un semáforo, porque una cucaracha entró por la ventana o todas esas ocasiones en que he salido corriendo del baño con los pantalones abajo sin importar quien esté en casa.

     Ya estoy frente a la puerta y como si se tratara de un elaborado operativo militar la abro de una patada y me aparto inmediatamente. Poco a poco me asomo buscando los rincones bajos donde podría estar mi enemigo, luego, con sumo cuidado giro la cabeza hacia todos los puntos del techo.

     De repente, ¡ahí está! De entrada, no puedo sostener mucho la mirada y me vuelvo a apartar, luego, cuando estoy segura de que no me atacará la observo con sigilo. Estamos ahí, uno frente al otro; puedo ver sus horrendas patas espinosas, sus antenas largas, sus alas moviéndose a punto de volar; ¡cielos! Estoy tan segura de que me mira.

     Recorro visualmente el cuarto y tomo el primer objeto que veo, lo lanzo y me escondo. Nada; luego recuerdo el bote de veneno bajo el lavabo; despacio me ubico en la parte más cercana a la salida y rocío casi en su totalidad el frasco, salgo a toda prisa y cierro tras de mí.

     Esperando afuera a que el veneno haga lo suyo me pregunto, ¿en qué momento se pudo haber magnificado todo esto entre las cucarachas y yo?, no lo sé, pero si lo reflexiono, en realidad ha sido la relación más larga que he tenido y con seguridad la más significativa, dada la carga emocional que tiene.

     Es una relación que nunca se romperá, siempre estará ahí, ya que, aunque no se manifieste físicamente yo ya estoy considerando la posibilidad de su presencia, a cada lugar al que vaya, por lo tanto ya es parte de mi vida.

     Resignada, concluyo que la vida entre esta inquietante compañía y yo continuará siendo de respeto y sana distancia por muchos años más.

     Ahora a buscar la forma de sacar el cadáver.